Poner los ojos en el primer capítulo/relato/unidad halfoniana fue como volver a casa, porque me faltaba este «signor» por leer de su bibliografía y porque la última lectura, el «boxeador» (que ha caído un par de veces) me quedaba lejos, muy lejos, en era prepandémica, imaginaos. Y es curioso sentir cómo al reencontrar sus palabras aterrizamos en el hogar al tiempo que nos lleva a Italia, a Guatemala, a Nueva York, a Polonia, da igual, porque Halfon lleva la vida entera buscándose y, gracias a Dios, al Big Bang o a las compañías aéreas, nos cuenta el viaje; esto es como lo de la utopía de Galeano, lo importante es avanzar. Y si además lo cuenta (que si la identidad construida y destruida, que si la importancia de la memoria, que si el dolor de la pérdida, que si la necesidad de escritura) con ese acento guatemalteco, ese humor sibilino, esas dudas cotidianas y esa escritura desnuda, pues no nos queda a los demás más que la gloria de leerle.
Recomendación: a cualquiera. Ha hecho podio junto con El boxeador polaco y Biblioteca bizarra en mi ranking personal.



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