A Enric le pone Nueva York pero está colado por Londres. De eso te das cuenta en la página dos, o así. A Londres la quiere distinto. La anglofilia se palpa por todo el libro, si bien contenida, sin estridencias, y envuelta en más sentido del humor que en las historias de la Gran Manzana. Otros tiempos, imagino. Parece que el modelo de guía geo-anecdótica que él mismo ha inventado aguanta lo que le echen, y aunque apetece fundar un grupo de Facebook «Yo también quiero que destinen a Enric a Paris«, algo me dice que con tanta devoción a lo británico andaría incómodo por las Galias. No tiene por qué, pero suele ser así. O un equipo o el otro. Yo me lo he pasado bomba con la visita gonzálica a Londres pero soy devota de la ciudad del Sena y los del té siempre me han repelido un poco. El libro no ha barrenado mis resistencias -antiguas y bien cimentadas- pero sí miro a la del Támesis con otros ojos.
Recomendación: a quien guste de Londres, de viajar, de historia, de periodismo y de las historias de Enric en sus corresponsalías. No defrauda.


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