Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

Ah, así que la alienación era esto. Rendirse a la ignorancia y el olvido en favor de la superficialidad y el pensamiento homogéneo. Resulta que había que eliminar las disidencias, los múltiples criterios, las reflexiones, el arte; había que someterse a la tiranía del entretenimiento audiovisual inmediato y de valor efímero para mantenernos cual vacas mirando pasar el tren. Quemando libros lo conseguiremos, debió pensar Bradbury en 1953. Luego, en un postfacio de 1993 que habría que repartir en las puertas de los institutos y que te emociona hasta el tuétano, además de ceder el honor («Ésta es la novela de Montag. Le agradezco que la escribiera para mí«), nos recuerda que no hace falta quemar libros, basta con que no se lean. He tardado 40 años en llegar a esta joya y descubrir además el estilo cuasi poético de Bradbury. Más vale tarde que nunca. 
Recomendación: a cualquier ser racional con pulso cardíaco. 
NOTA DE PRÉSTAMO: Claro que estaba en casa. Propiedad de mi contrario desde hace 20 años. Lo he dejado tibio de subrayados y pienso cambiarlo -él no lo sabe- de estantería. Imprescindible. 

12 Comments

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  1. Lo he leído dos o tres veces, me sigue pareciendo fascinante y de hecho mantiene el tipo pese al tiempo. No puede decirse lo mismo de su adaptación cinematográfica
    Besos

  2. Bueno, es que su actualidad es una de las cosas que pone los pelos de punta ahora mismo… No conozco la película, pero tomo nota de tu comentario, no pensaba buscarla, en todo caso.

  3. Hola Deborah!
    He llegado por casualidad, pero me encanta tu espacio así que si no te importa, me quedo por aquí. Tengo pendiente este libro (lo he visto en las estanterias de mis padres desde cría), pero por unas cosas u otras no lo he leído todavía. A ver si me pongo las pilas que me has dejado con las ganas.

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