
La pereza que se me apodera cada vez que le dan jaleo a un libro me ha impedido tocarlo hasta ahora. Para conocer la magnitud de la desidia os diré que no me he arrimado todavía a las «casas vacías» y, qué leches, el «junco» lo tengo más apalancao que los presupuestos generales. El tema es que los últimos meses gentes lectoras que respeto me habían empujado (suavemente) hacia esta «costumbre» y así he acabado metiéndolo en el club de lectura. Estilísticamente es de lo mejor que me he echado a los ojos, escrito en castellano en la península ibérica, en muchísimo tiempo. Alana señorea las comparaciones y metáforas, las referencias culturales (pop, mitológicas o las que se pongan por delante) o los desenlaces de capítulo como le da la gana. Nos lleva a un barrio obrero inundado de droga en los ochenta de la forma más delicada posible (y, sí, es posible) para contarnos la historia de una niña trans. Una especie de bildungsroman trans madrileño que dicho así suena raro pero leído es la bomba. Sólo hay un par de cosicas que no me han gustado porque la perfección no existe y, por ejemplo, yo llevo mal las referencias y presencias religiosas en modo kitsch constantes, así me las presente Almodóvar, Rosalía o una tía de Cuenca. De cualquier modo, ya tengo asegurada una sesión de fábula en el último club de lectura deborahdor del año. Tenemos la mala costumbre de disfrutar comentando buenos libros y éste, sin duda, va a ser el caso.
Recomendación: a gustosas de literatura.
Foto cabecera: eldiario.es


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