Yo le pinté el bigote a Stalin, de Erika Riemann

 

Hay una nota de la editora al comienzo del libro en la que se advierte que no tenemos entre manos una gran obra literaria. De lo que no avisa es de la sacudida mental que puede provocar su lectura. Efectivamente, no hay un esfuerzo formal, se trata de un relato cronológico, sin ningún tipo de aspiración estética, pero es que la carga de profundidad la tenemos en el testimonio de Riemann. Aún y todo, la mitad del libro guarda una candidez en su expresión que concuerda con los 14 años que tenía la autora cuando le pintó un bigote a un póster de Stalin y le cayeron 10 años de trabajos forzados. Alienante y kafkiano son adjetivos que se quedan muy pero que muy cortitos para transmitir la sensación principal. Prevalecen  las de absurdo, injusticia y mala leche en ese orden exacto (en mi caso). Para lo que no estaba preparada era para el uso de los campos de concentración nazis por parte de los soviéticos para el menester que nos ocupa. Resumiendo hasta el tuétano: otro libro necesario que permanecía sin publicarse en nuestro país y que se suma a los aciertos de ContraEscritura. Gracias Marta y Núria por hacer estas cosas. El próximo sábado os lo digo todo a la cara y os doy un abrazo.

Recomendación:  a gustosos de injusticias (en este caso soviéticas), de memorias de adolescente con vida rota por la estupidez adulta. A interesados en periodo de posguerra en Alemania.

PRESENTACIÓN: Sábado 4 de noviembre, 19h. en Deborahlibros, Avda. Baja Navarra 44. (Entrada libre)

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