Chesil Beach, de Ian McEwan

Historia de un pudo ser y no fue comprimida en una noche de bodas de dos veinteañeros ingleses vírgenes en 1962 que deja sabor agridulce. Con la excusa del evento nupcial, McEwan nos intenta plantear desde los estragos de una inexistente educación sexual, pasando por la incomunicación de la pareja, hasta el cambio social de los ’60 en su isla.  En el corto trayecto de lectura, (da para una tarde), una vez más, aparece mi rechazo -cuasi fisiológico- al puñetero encorsetamiento inglés y el autor se  termina aplicando lo del quiero y no puedo con el sprint final de las últimas 20 páginas, donde comprime 40 años a trompicones y unilateralmente (desaparece la parte femenina y el autor se decanta sospechosamente por la masculina), dejando la novela completamente desequilibrada y más coja que una silla de parvulario. Sí, escribe bien, y ya sé que Expiación es su obra maestra, pero mi primer McEwan ha resultado tan frustrante como el primer encuentro en Chesil Beach.
Recomendación: a quien guste de literatura inglesa y de relación de pareja bajo el peso de convenciones sociales.

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