No iba a verla porque para qué, disfrutamos en su día de las aventuras de Odiseo como cutos en un charco, deja el recuerdo quieto, pensé. Pero es Nolan y nos ha hecho pasar momentos de gloria. Vamos. Desde el punto de vista técnico hay maravillas: la fotografía, la banda sonora y la percusión… pero es ese manejo del tiempo narrativo (cinematográficamente hablando) lo que señorea Nolan (Memento, Origen, Dunquerque, esta…) y no defrauda, al contrario, ejecuta las idas y venidas justas, acertadas, dentro de una estructura circular para disfrutar -a saco- de la historia. El metraje es largo de cojones, no hay otra forma de explicarlo. Le sobran minutos y minutos de espadazos y carreras al barco. En cuanto al contenido, no esperábamos una traslación fiel al escrito: no es eso. La película es una interpretación personal de Nolan del texto. Me (se) la suda si Helena es negra, azul o amarilla, ese no es el punto. Lo que me ha defraudado es el final y la mirada. No quiero hacer spoilers pero cuando le dije a mi compañero por lo bajinis «ahora se va a liar parda» al regresar Odiseo, esa no fue la cosa. Y las criadas no están ni se las espera. La mirada de (doña) Atwood al revisar su «Odisea» reverberaba demasiado en mí: esa Penélope (como la Doña Jimena de Antonio Gala) hasta el toto de esperar al héroe y condicionar su vida en modo potus por constructos machistas sociales es de lo que más ha gustado de las relecturas del clásico. Odiseo vuelve cabreado y harto, pero nada explica, como difunde Atwood, ese matar mujeres. Y esa matanza, para mí, define -y mucho- al héroe y la mentalidad antigua en la que fue creado. Así que el resultado es un sí estético pero no interpretativo. Va sonar a manido, pero recomiendo leer el libro y luego a Atwood. Y después, si os apetece, lo comentamos.
Foto cabecera: By Kim Todd February 15, 2018- Poster for The Penelopiad at the Buddies and Bad Times Theater via theparisreview.org


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