Cien años de invierno

El día en que la iban a matar de frío, Aureliana se levantó temprano para encender la cafetera. Había soñado que atravesaba un arenal hasta alcanzar una playa donde no se veía una nube colgada del cielo, y por un instante fue feliz en el sueño. “Siempre soñaba con el azul eléctrico” dijo 27 años después Lucía, su madre, evocando los pormenores de aquel jueves ingrato. “El esmalte de las uñas de los pies estaba intacto, como recién pintado”, diría más tarde, “como si los calcetines hubieran preservado todo el color a lo largo del verano”. Mordor era entonces una aldea con chocolaterías abiertas en agosto y terrazas construidas bajo estufas hosteleras pulidas, naranjas y enormes como lenguas de lava prehistórica. El mundo no era tan reciente y la gruesa capa de polvo que descansaba sobre las gafas de sol carecía de nombre, y para mencionarla había que señalarla con el dedo.

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