Que conste que no ha sido por obedecer a Marías, líbreme Dios, sino por maniobra de sabias bibliotecarias y tras consultar con mi experta en decimonónicos anglosajones de cabecera, quien finiquitó el asunto con un irresistible «te gustará Austen, es Wilkie Collins pero en mejor». Yo, que siempre fui del «Team Brontë» y de a mí dame Heathcliff (varias veces, además), Jane Eyre y quédate con todo lo demás, termino con esto ante mis ojos. Me ha valido para confirmar que de entre las cosas inventadas por el ser humano para complicarse la existencia, además de la creación del dinero, en lo alto del podio se sitúa el insoportable esnobismo inglés, del cual nos ocupa el manual por excelencia -Gora Austen por la fotografía impecable-. Este «Orgullo» es igualmente un tratado sobre el aburrimiento de la clase alta británica, porque mira que tenían tiempos muertos esta gente, los cuales dedicaban -he ahí el tema del libro- a orquestar, conspirar o destruir apaños que garantizaran su supervivencia económica mediante la consecución del ansiado… badribonio. En el caso que nos ocupa se consigue con extra bonus: con apor. Pasta y enamoramiento siempre casan y son la perfecta recompensa a cientos de páginas cargadas de retruécanos, fórmulas de cortesía kilométricas, disculpas exageradas, vehementes agradecimientos y, cómo no, eufemismos para parar un tren de mercancías. Todo ello no quita para que: a) le de la razón a mi consejera, Austen me ha gustado más que Collins; b) siga prefiriendo los páramos tormentosos de las Brontë y c) agradezcamos a Austen, sobre todo, la creación del personaje que 182 años más tarde pudo interpretar el señor de la foto de cabecera. Eso, my dears, no se paga con nada.
Recomendación: a gustosos de novela decimonónica inglesa.


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