Inferno

Me dijeron que tenía que hacer deporte y eso es como ordenarme que lea las obras completas de Dan Brown. Antes leería cartillas de vacunación, listines telefónicos, manuales de física, qué se yo. Tuve que buscar lo más indoloro, lo más barato, lo más cercano a mi curro, lo menos «deporte»… y encontré algo. Le llaman aquaerobic pero es tirarte 45 minutos a trote cochinero con un gorro pegado al cráneo dentro de una piscina. La monitora es un cruce de ama dominante, Terminator y Esther Williams andaluza; maja mujer. Tiene además el superpoder de ver mis dedos gordos de los pies rozar el suelo desde fuera del vaso con mar arbolada y a diez metros de distancia. Las compañeras son unas fieras con años de agua a sus espaldas, «te toca un grupo cañero» me dijeron hace dos meses en la admisión cuando caí por allí buscando ejercicio físico que aumentara mi masa muscular. Lo que va a aumentar es mi cuota mensual si me pasan la factura del cloro extra que me he tragado. Desde entonces me ahogo por deporte. Dentro de esa caldera no tienes la sensación de estar sudando pero a mí se me olvida respirar, de tal forma que acabo como mondongo a punto de ebullir, cuando no me desnuco con el bordillo en los ejercicios de espaldas. Los accesorios los carga el diablo. Cuando veo «turutuh» de colorines repartiéndose por la superficie empiezo a hiperventilar. El primer día tuve que saltar a la comba con uno de ellos y me practiqué una aguadilla frontal con auto-zancadilla y doble axel. No se puede odiar más esos bichos. Hoy me he venido abajo antes de acabar la sesión, he parado de moverme como una maraca y Terminator Williams ha tenido que jurarme a grito pelado que era la última tanda. Ha conseguido mi último estertor. Yo sólo quería gritar: dadme un Inferno, que me lo leo.

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