Se ha puesto difícil defenderlo, se nos ha ido la mano planetariamente con el termostato, pero mi calendario estacional podría resumirse en: sobrevivir a la nostalgia del otoño, sobrevivir a la oscuridad del invierno, sobrevivir a la alergia en la primavera y exprimir el verano. Con su luz -sobre todo-, su olor a cloro y sus tiranticos, sigue siendo la época reina de mi agenda, entre otras cosas porque me dedico a leer a destajo. Este año, sin embargo, he conseguido el objetivo propuesto de ocho libros en dos meses a duras penas. Por un lado el visionado (por segunda vez) de las nueve temporadas nueve de Endeavour durante las tórridas noches pamplonesas se ha interpuesto en mi camino. Por otro, y aquí está el meollo del atasco, el scroll infinito. Esa estela inagotable de perretes, fotos de comida, noticias de Trump, reformas de casas francesas, cartelería antifascista, jardines mallorquines y librerías con encanto conforma una eterna ensaladilla rusa de imágenes, un surtido variado más largo que un día sin pan que sabes que aspira tu tiempo como una campana extractora de cocina industrial. Te aspira a ti. Y de repente levantas los ojos y el muy cabrón se ha llevado un trozo de tu verano que ojalá lo fuera, pero no, no es infinito. Al final tengo la capacidad de concentración y atención de un moscardón sólo cuando no se trata de esa pantalla. Manda algoritmos. En ese septiembre que ha fagocitado los propósitos de Año Nuevo, apunto no ya leer más, que también, sino recuperar tiempo para mis estaciones y robárselo a esa panda de milmillonarios.
Foto de cabecera de Alireza Hashemi en Unsplash


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