A este señor, a quien le debo tres meses sin dormir siendo una cría y vacuna del género de terror de por vida, no le había leído más que ese puñetero Cementerio de animales y muchos años después el magnífico Mientras escribo. Hoy me reencuentro con su novelar adictivo (cómo gestiona los diálogos, cómo marca un ritmo frenético de lectura) en una distopía que parece ser la madre de las tramas de grupo de adolescentes que compiten entre sí bajo un poder totalitario. En este caso, cien chavales de 16 años deben andar sin parar hasta que sólo quede uno, quien será rico para el resto de sus días. La premisa es buena, claro, y la ejecución más, porque ahí estás tú enganchada a un libro de 350 páginas donde lo único que hacen esos críos es andar, por su vida, pero andar. Y flipas con las conversaciones, disertaciones filosóficas, chorradas de adolescentes, machiruladas (que las hay, unas cuantas y no sólo de los personajes, también del narrador, Esteban), comentarios y conductas testoterónicas, racistas, homófobas (y lo contrario) y exaltación de la amistad. Un día cualquiera en mi aula, vamos.

Gracias, Jacaranda, por ponerme en canción, qué máquina de escribir es este hombre.

Recomendación: a gustosas de lectura adictiva y thriller distópico de 100 adolescentes (todos varones y todos blancos menos tres, eso sí) que caminan por sobrevivir en el estado de Maine.

Foto cabecera: Leemage/Corbis via Getty Images (theguardian.com)

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.