Tomando como premisa la singular y personal historia de su propio padre, quien fue sacerdote antes de casarse, Sanzol arma una obra sobre la libertad -individual y colectiva- andamiada en la vida de sus antecesores y se mete en jardines, claro. Se mete en ese jardín de las dos Españas porque cualquier biografía del siglo XX situada en este país tiene las lianas y vegetación frondosa del jardín selvático que dejó la guerra. Sale airoso de ese espacio tropical machete en mano -en cuanto al meollo- y técnicamente brilla la estructura. El juego de personajes-narradores y sus escenas narradas. La variedad de escenarios opuestos tuvo que ser un gustazo en la representación. Qué bien rompe esquemas y qué bien resuelve. Y cuánto cariño hay en esta obra, joder.

Recomendación: a gustosos de teatro actual con enjundia y raíces en el s. XX; a fans sanzolianos.

Foto cabecera: dramatico.mcu.es

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