Mi lago Walden

Hay gente que escribe sobre la descansada vida que huye del mundanal ruido. Esa gente que cuenta su reclusión voluntaria en la naturaleza, reencontrándose con su ser primigenio sin rastro de redes sociales, móviles y connectividad varia. Homenajean a Thoreau a saco mientras levantan envidia a su paso como se alza un tsunami en el Pacífico, sin contemplaciones. En el otro extremo estamos las libreras autónomas. El viernes iba a empezar en una oficina municipal y con cuatro gradetes al sol, así que decido darme una alegría en la plaza del Ayuntamiento. Ese simple croissant con jamón y queso a las nueve de la mañana es mi rebelión personal contra la vorágine del mundo libre. A las tres de la tarde ves una gotita que cae de la caja que cubre la máquina de climatización. A las cuatro entras en DEFCON 1. Con el vecindario en modo auzolan llegan escaleras y a las cuatro y media hay una cascada en la puerta de la librería. Por dentro. La cascada de agua por fuera ya ha caído a media mañana cuando la del séptimo ha regado sus jardineras (y la acera y a la gente y mis cristales) como si sus cuatro putos arbustos fuesen el Camp Nou en noche europea. Cuando el chorreo del techo por fin se detiene, haces a un lado el cubo de fregar, sin pensar que el primer cliente que entra a continuación va a tocar sin querer un libro del expositor y vas a ver la “Trilogía de la ocupación” haciendo un clavado. Chof. La cara del cliente -majo a más no poder- sacándolo chirriado con dos dedos en pinza es un poema épico en hexámetros dactílicos. Pena no haberla grabado, en serio. Siento empatía con la angustia de sus arrugas en la frente al sacarlo porque yo jamás he tenido que sacar un libro del agua (toquemos madera) y le tranquilizo porque hablamos de un Modiano, a quien no he perdonado desde el Café de la juventud perdida. Si hubiese caído la Atwood de la balda de arriba la película sería totalmente distinta. Después de drenar la librería y acoger a treinta personas que vienen a una presentación -con los abrigos puestos, angelicos- a las nueve de la noche apagas las luces y piensas: yo también quiero ir a los bosques, aunque sea sólo una tarde de viernes.

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