Se acercan nuestras fechas entrañables y la llamada cadena del libro ahora mismo está hecha de clips roñosos. Con moho. Cuando se hizo la última ley (2007) imagino que la intención era cuidar de todos los eslabones, a saber: autoras, editoriales, distribuidoras y librerías. Pero aquel era un tiempo en el que todavía había ferreterías, mercerías y cabinas telefónicas y se mandaban los pedidos por fax. Dejando a un lado mi opinión sobre las distribuidoras (se salvan dos que realmente apuestan por el collarico este y en otros países, directamente, no existen, mientras que en España hay cientos) la cadenita de marras, digo, salta por lo aires cuando, por ejemplo, las editoriales se ponen a vender online, se montan sus puestos en la Feria del Libro en Pamplona desde hace tres años, (y eso que además tienen feria propia, ojo, Feria de la Edición) y aceptamos mansamente como animal de compañía al Eroski vendiendo libros el 23 de abril en Carlos III con los mismos carteles de las merluzas. Luego tenemos las cadenas que también son distribuidoras/mayoristas (Elkar y Casa del Libro/Planeta), con lo cual les cuesta «un poquito menos» inundar sus casetas de volúmenes y permitimos al mastodonte de El Corte Inglés aparcar sus palés retractilados en la calle (Never forget aquel año que se les dejó fuera de Sant Jordi y terminaron sacando mesas por su acera). Sin ánimo de resultar dramática, todas y todos caminan sobre el cuello de las librerías independientes, las que más venden los libros de las editoriales independientes, oh sorpresa. Permitidme que mente al Ayuntamiento de Pamplona (no ve ningún problema en que las grandes superficies pueden optar a los espacios públicos que concede para el Día del Libro y de la Flor) y al Gobierno de Navarra, que aprovecha en mayo para plantar también un puestico de su fondo de publicaciones -nuestro fondo, de todos, qué bonito- en la Plaza del Castillo. Todo este festival de luz y de color me lleva a pediros que tanto este jueves como en la próxima feria penséis bien dónde comprar los libros. Si la mayoría, que lo sé, no compraríais en Amazon un libro ni hartas de macarrones, pensad en las libreras y libreros que aguantan todo este circo, esta asfixia, y mantienen esa última línea de resistencia antihegemónica. Y se parten la cara por defenderla. Podemos usar nuestro consumo -el mismo que dedicamos a lo local, pequeño comercio y kilómetro 0- como el voto que es y desde luego votar por los libros, siempre, pero también por las librerías. Las independientes.

Nos vemos el 23.

Foto cabecera de Arthur Tseng en Unsplash

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