No sé qué me ha dado este verano. Todo empezó con Laberinto mar y la vista poliédrica de su impacto en nuestras vidas. Luego amarré en la isla con clima implacable de Despejado y en una epifanía me llevé a la playa de Altafulla en agosto el maravilloso Breve atlas de los faros del fin del mundo; allí llegamos escuchando Al mar! en la radio del coche en un episodio de la La costa infinita. Y al no poderlo ver, al no poderlo oler ni escuchar, ni querer que se acabara esa sensación de paz que me da, en septiembre me uní a Schalansky (porque sé que jamás pisaré ninguna de ellas), y me sumergí en su Atlas de islas remotas donde nado todavía cada noche antes de dormir. Pero es que el sábado pasado, atrincherada en casa por el cansancio de la semana y las fiestas del barrio, me lié el petate y me fui al Polo Sur, a vibrar con la historia de Shackleton y esos 1.289 kilómetros (que se dice pronto) que se navegó en un bote a través del mar antártico para buscar ayuda y poder salvar a su tripulación, después de que su barco, el Endurance, se hundiera. Hoy arranca octubre y no se me pasa. Casi va a peor. Esta tarde pego los ojos a una pantalla para verlo más y más fuerte, el Mar de Gaza.
Foto cabecera: playa de Laredo.


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